viernes, 8 de febrero de 2008

Cita a ciegas


Días atrás recibí un e-mail entre las decenas que recibo diariamente.. Su mensaje era breve y conciso. Leí tus cuentos, búscame... . Apenas esas pocas palabras eran un oasis en el desierto. Inmediatamente le respondí, porque acostumbro responder todos mis mails aunque sea brevemente. -¿Dónde?. Rogaba que no me dijera Barcelona, Polinesia o Malasia, o Arabia Saudita.
Transcurrieron dos días y su silencio me olió a mentirilla. Dos largos días y llegó una respuesta que ya no esperaba: era un número de teléfono de Buenos Aires. Inmediatamente intuí la broma de algún amigo. O alguna otra persona realizando una de esas fantasías que pululan en Internet. Fui a llamarla, aunque no estaba seguro si se trataba de él o ella. Una voz de gata ronroneante me dijo te espero y me dió una dirección. Salí hacia allá posponiendo todo lo que debía hacer ese día, y si hubiese sido necesario, todo lo que debía hacer durante una semana. Aunque nunca había aceptado una cita a ciegas, la situación era excitante y valía la pena probarla. Al tocar el timbre, me atendió inmediatamente y la puerta eléctrica se abrió. Subí por el ascensor al segundo piso, y antes de que llegara a la puerta, ésta se abrió con lentitud, dejando paso a una hembra descomunal, y visiblemente sedienta. Montaba sus espectaculares piernas sobre unos altos tacos blancos. Mis ojos la recorrieron desde abajo hasta arriba. Llevaba unas medias blancas brillosas, y tenía a la vista un hermoso pubis sin pelos, un inmaculado pubis que se ofrecía como un regalo irrechazable. Dos globos que remataban en dos puntos duros eran sus magníficos pechos. Su cabello lacio y marrón caía salvajemente sobre sus hombros desnudos. Parecía agitada de pasión. Me acerqué y la besé en los labios. Pero aquello no fue besarla, sino acariciarle los labios con los míos, y hundirle la lengua hasta el fondo de su boca hambrienta. Era un coito oral. -Quiero que me hagas lo que contaste en el cuento del ascensor -preanunciaba el combate. Como me gusta ser muy original, y suelo variar, le respondí: -Tengo algo mejor para ti. Y tomándola de sus delgadas muñecas la conduje hasta las escaleras. La ubiqué tres escalones más arriba y me arrodillé, sí, me arrodillé como un esclavo, porque en ese momento sentía deseos de ser su esclavo sexual. Colocando mis manos en sus glúteos llevé mi boca hacia su cálida concha y jugué con mis labios encendidos y mi larga lengua exaltada. Ella entreabrió sus piernas y echó su pubis hacia adelante con decisión, cuando la penetré con mi lengua buscando su profundidad más ardiente. Por detrás, un dedo ya había alcanzado el grueso y tenso anillo de su esfínter, y lo hundí suavemente. Ese orificio no hacía resistencia alguna y emitía fuertes latidos al succionar mi dedo mayor. En ese instante comenzó a balancearse hacia atrás y hacia adelante, a hamacarse como una máquina y humedecerse abundantemente. Yo paseaba mi lengua sobre su clítoris rosado que crecía de tamaño y se levantaba como un dedo meñique. Luego la masajeé alrededor del orificio. Estuvimos así durante quince o veinte minutos, me encanta prenderme a los juegos orales y estar así indefinidamente, pero sus deseos se tornaron incontenibles. Gritaba. La puse de espaldas con sus manos apoyadas contra la pared, abierta bien de piernas y en el mismo escalón que yo me encontraba. Ella bajó su pulposa cola sobre mis piernas, y mi pene se perdió entre sus muslos.
Había ingresado donde minutos antes había besado, mamado y sorbido. No transcurrió mucho tiempo hasta que empezó a gritar el consabido ahhh, ahhh, ahhh. Le rogué que no gritara que nos descubrirían, y me respondió que en ese piso no había nadie a esa hora y continuó gritando más fuerte. Me dejé llevar por sus gritos y el frenesí de los roces en su estrecho y húmedo agujero. Y al cabo de unos minutos, mis gritos se sumaron a los de ella. Estábamos acabando juntos, yo terminaba con ella, y ella terminaba conmigo. Pasos arriba y pasos abajo, sonido de llaves en cerraduras, puertas que se abrían, alguna voz, y todo ello sumado hizo que nuestro orgasmo fuera más acelerado y arrebatado.
Terminado aquel febril ajetreo corrimos hasta su departamento riéndonos. Llenó su bañera y nos metimos. Un poco apretados, cada uno entre las piernas del otro. Estuvimos un rato mirándonos a los ojos, riendo de nuestro juego de las escaleras, acariciándonos la piel suavemente con las yemas de los dedos. Cuando salimos del agua nos secamos juntos, nos fundimos en un abrazo y fuimos a la cama, se quedó de espaldas y humedecí su firme cola con placer y lentamente. Luego la penetré, ella me recibía gozosa. Más tarde nos dormimos una hora abrazados.
Al despertar fuimos hasta la cocina y tomamos un café completamente desnudos. -Toqué el cielo con las manos... -dijo. -¿Mañana vuelves? -Le dije que sí, y ví en sus ojos que estaba planeando otra cosa. Creo que me adivinó el pensamiento. -Quiero que hagamos el amor en el piso del living con las cortinas abiertas. Frente a su ventana había decenas de ventanas vecinas. Me reí, porque admiraba que a ella le gustaran las mismas cosas que a mí. Durante toda mi vida había esperado encontrarme con alguien así. Me imaginé acostado en el suelo, ella subida y galopándome. Su hermoso culo abierto hacia las ventanas, hacia los ojos que se asombrarían viéndola, hacia los dedos y las manos que se agitarían, observando esa escena placentera y fascinante. Se preguntarán qué edad tiene. Les respondo: la edad no importa, podría tener quince o cincuenta y uno, y gozaríamos de la misma manera. Lo importante es que ella, como yo, ha decidido dejar de tener una vida aburrida. Y cualquier edad es buena para eso.

1 comentario:

buko dijo...

Genial Maestro! Solo que espero relatos nuevos mas adelante.

Slds.